13/4/2014
Y las imágenes que componían la película de la vida pasaban cada vez a mayor velocidad, acelerando el final del carrete...
Pero de repente, el film se detuvo, como si el tiempo se hubiera congelado, en aquella escena, aquel momento infinito, aquel que retrataba la esencia de la vida, y la retenía, como si de un lujoso perfume y su envase se tratara. El operante había sabido captar el instante preciso en el que en el que la acción llegaba al clímax, y ahí había parado de rodar. Que cruel ( y que genio) debía ser aquel que hizo una aberración tan sutil y perfecta que la conciencia replicara al odiarlo, recordando que tal vez era lo mejor, pues a nadie le gustan los finales.
Aunque quizás era él el único que no quería ponerle un final a su obra, tanto trabajo y tanto esfuerzo no podían finalizar tan súbitamente, sí, lo tenía decidido, él moriría sin acabar su obra, imaginando durante el resto de su vida todos aquellos posibles finales, y todos aquellos posibles caminos a seguir...
Iván Contreras
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